28 de junio

junio 28, 2007

Me ha llamado mi madre esta mañana a las 6 para felicitarme. Como yo estaba un poco dormida, le dije que no era mi cumpleaños ni nada, pero que si quería podía regalarme esa falda de cuadros tan mona que vimos el otro día en un escaparate. Lo mismo colaba. Pero no, que no era eso. Que hoy tenía que celebrar que era el Día del Orgullismo, o algo parecido. Que tenía que estar muy contenta.

Total, que me he levantado en seguida y me he puesto a pensar en todas las cosas de las que estoy orgullosa, que supongo que de eso irá la cosa. Esta es la lista que me ha salido:

  • Del puzzle de 24 piezas que terminé este fin de semana. Yo sola.
  • De conseguir que el director de mi banco me rebajara la hipoteca el día que salí de casa sin sujetador. Se puso tela de contento al verme, no sé por qué.
  • De haber dejado de fumar doce veces ya en lo que va de año. Y dentro de nada lo hago otra vez.
  • De ser capaz de decir, por fin, “supercalifragiliptiloespialioso”.
  • De empezar a leer libros de esos que no tienen dibujitos. Ayer abrí uno, y ya voy por el índice.
  • De haberle gastado una broma a la chica del gimnasio nuevo. No sólo se piensa que voy a ir después de pagar la cuota, sino que además ni siquiera sospecha que ya estoy apuntada a otros tres.
  • De mi loro Perico, que no comete faltas de ortografía cuando le dicto los posts para que no se enfade Pepa.

Cuando se me ocurran más ya lo digo, ¿vale?

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Mi experiencia

junio 17, 2007

Voy a contar la historia de cómo salí yo del armario porque creo que a muchas os va a ayudar.

Cuando estaba en el instituto tenía una amiga que siempre venía a casa para ayudarme a hacer los deberes. Se llamaba Elena, y era un cielo. El caso es que una vez conseguí despejar una X yo sola, y me puse tan contenta que le di un morreo con lengua. Y me gustó, vaya si me gustó. Desde entonces nos hicimos novias, que inseparables ya éramos, y nos enrollábamos sin que yo tuviera que despejar nada antes (menos mal).

Una tarde, nos estábamos dando un beso en mi habitación cuando entró mi madre y nos pilló in fragantis. Elena dice que gritó porque estábamos en cueros y había un pepino de un kilo encima de la mesilla, pero yo creo que fue lo del beso. La conozco bien.

No había marcha atrás. Esa misma noche mis padres me dijeron que tenían que hablar conmigo. Cuando entré parecían muy nerviosos. Hija, tenemos algo que decirte. Qué, dije yo. Antes tienes que prometernos que nada de lo que te digamos va a cambiar lo que sientes por nosotros. Vale, respondí. Somos tus padres, y sólo queremos lo mejor para ti. Que síiiii, contesté. Nunca había visto a mi padre tan serio. Díselo tú, Merche, que yo no puedo. Está bien: cariño, creemos que eres lesbiana.

Me quedé blanca, blanca como una pared lavada con Ariel. No podía creerme lo que estaba escuchando. ¿Acaso era mi culpa? ¿Acaso había hecho algo mal? Me eduqué en un colegio de monjas. De pequeña hacía ballet y cosía lacitos rosas en cuadros de punto de cruz. Entré en el coro de la Iglesia y en el equipo de animadoras cursis del instituto. No, estaba claro que si había que culpar a alguien, era a ellos dos. Por lo que a mí respecta, me lavaba las manos en aquel asunto.

Mi madre no aguantó más y se echó a llorar. Mi padre la abrazó, pero nada de eso consiguió arrancarme una sola palabra. Les dirigí una mirada fría y cortante como en las telenovelas, me dí media vuelta y me fui a mi habitación. Durante los días siguientes hice como si aquella conversación no hubiese tenido lugar. Trataron de sacar el tema un par de veces más, pero yo no quería ni oír hablar de ello.

Pasaron varios meses, y también varios años. Lo de Elena se acabó, pero luego vinieron Úrsula, Patricia, Vegoña, Pilar, Sonia y Macarena. Bueno, tampoco es que me acuerde de todas.

Lo importante de esta historia es que un día me levanté con la sensación de que no estaba siendo sincera conmigo misma. Miré a Macarena, que dormía como si nada en la cama que acabábamos de comprar a medias en el Ikea. Y en ese momento me dije una frase que jamás olvidaré: Lo importante es que yo sea feliz. Llamé a mis padres llorando para pedirles perdón, y fue como si les quitara veinte años de encima.

Porque ¿sabéis qué? En el fondo creo que yo siempre lo había sabido, pero no lo había querido ver.


Hola

junio 13, 2007

Que alguien me explique lo del título del blog.

No lo pillo.